La magia del perdón

 


Cuando pienses en perdonar, piensa que lo haces por amor hacia ti, por la persona que quieres ser. Al soltar esas ataduras nos damos la oportunidad de recibir cosas mejores. No se trata de vivir en el pasado, se trata de vivir un mejor presente. Estamos llenas de heridas conscientes e inconscientes que muchas veces no miramos ni tocamos por miedo, pero que de alguna manera no nos dejan avanzar.

Si bien, no es sencillo mirarlas y hacerles frente, una vez que lo hacemos nos damos cuenta del enorme poder que tenemos y siempre hemos tenido para poder hacernos responsables de nuestras vidas, para poder reconocer estas sombras e integrarlas desde el amor, aceptando que son parte de nosotras y entendiendo que de alguna manera todo eso nos ha traído hasta este punto, el más importante, el ahora. Ya no las rechazamos porque entendemos que sin ellas no seríamos quienes somos y que mientras más nos resistamos más persistirán en nuestras vidas. Porque, aunque ocultas, representan un peso que solo nosotras somos capaces de aliviar.

Cuando perdonamos no lo hacemos por los demás, ni esperando nada de ellos, todo esto es simplemente para estar en paz con nosotras, para entender que nadie más que nosotras mismas tiene la posibilidad de realizar este trabajo interno. Elegimos sanar porque eso nos hace más valientes, más fuertes, más nuestras, nos acerca más a nuestra mejor versión. Al aceptar que las cosas son como son y no como quisiéramos que fueran nos abrimos a la oportunidad de transformar nuestra perspectiva y nuestra realidad. Nos convertimos en nuestras propias heroínas, en la mujer de nuestros sueños, de nuestras vidas. El momento en que soltamos avanzamos.

Asumimos la responsabilidad de ser creadoras de cada día, porque reconciliarnos es aceptar todo y elegir lo mejor. Sin embargo, esto solo puede ser posible si realmente nos damos a la tarea de tocar esas heridas y mirarlas con amor, mirarnos con amor, honrar nuestros procesos y reconocer que somos capaces de seguir adelante eligiendo sobre el miedo.

Así que amate toda, y permítete romperte en pedazos las veces que sea necesario, permite que, así como la vasija que se rompe y es reconstruida, tu también puedas hacerlo contigo, reconociendo ahora que en cada grieta tuya se asoma un rayo de luz. Abraza eso que te duele y reconócelo como aprendizaje y fortaleza.

Atrévete a ser libre, a vivir sin esas ataduras, a elegirte una y mil veces, sin importar que falles, te equivoques o dudes de ti, elígete una y otra vez, y sé fiel a lo que crees, a lo que sientes, a lo que mereces. Nada ni nadie será suficiente mientras no te tengas a ti, mientras no te aceptes y perdones a ti enteramente. Confía en que Dios, el universo o en lo que tu creas, quiere para ti, lo que tu quieres para ti misma.

Se necesita de mucha valentía para ser feliz, para sentirse ligera, para empezar de cero, pero es ahí en donde recae el más bello regalo que podemos hacernos, el amarnos incondicionalmente y es que la única manera de encontrarnos y de llenarnos de luz es cuando enfrentamos a nuestra oscuridad.

Date la oportunidad de ser quien quieres llegar a ser, reconociendo que la paz que tanto has buscado nunca ha estado afuera, ni perdida, ni con los demás, todo este tiempo ha estado habitando dentro de ti, solo necesitas escucharte, escuchar esa vocecita de tu alma, ese apapacho de tu corazón que siempre te repite una sola cosa, que no dejes de intentarte, nunca.

 



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Entradas populares de este blog

Celebrar la vida

De los incesantes nuevos comienzos y las versiones que nos trajeron hasta aquí

Segundas oportunidades